Aurora E. Olmedo, Poesías y Cuentos

Bitácora personal de la escritora Aurora Elena Olmedo

Mi vida color cerezo

 

 

Mi vida color cerezo

                                                                          A Nuria

Nota 1

 

La memoria es la estrategia de la sangre, del músculo, del corazón para salvar un pasado difuso. No somos nosotros sin ella y si ella nos engaña, seguimos siendo nosotros, pero engañados. Quizás la realidad es sólo un recurso  de la ficción, una verdad distorsionada, pero, al fin y al cabo, no es más que un desprendimiento de una ficción redentora, algo  que nos hace creer que somos capaces de conservar algunos hechos seleccionados por un azar enrarecido. Permanece la huella, la marca, el hundimiento del suceso en la carne. Eso se llama cicatriz.

Hoy recuerdo la muerte de Rodrigo. Creí ver entonces la clara señal, la asunción  de que si estábamos tristes, podíamos estarlo más aun. Y entonces nos quedamos    todos todavía más tristes.

Nosotros, los argentinos, tenemos esa rara virtud del optimismo, esa capacidad casi obscena de recuperación. Encontramos excusa para remontarnos en  barriletes melancólicos, pero ¡qué más da!, nos mantenemos volando. Parece ser nuestra manera de sobrevivirnos.

En esos momentos la música de Rodrigo, el cuarteto de los colores, nos salvaba. Más   allá de nuestros gustos musicales, Rodrigo era  la alegría, la música del olvido,  la danza ritual contra la  realidad oscura. Su muerte fue una  declaración abierta de nuestra pena colectiva. Una voz tangible y premonitoria parecía decirnos “así es la desolación, que nadie se olvide”.

También en esos momentos, y sin que yo lo supiera,  se estaba gestando un viaje: mi viaje a España. Era  un tiempo de incubación. Mi realidad inmediata era una matriz gigante y el alumbramiento era inminente. Una nueva vida. Mi vida en España.

Nunca imaginé que tendría que irme, pero ese  inmenso ovario,  me expulsaba irremediablemente  a un exilio necesario.  Creo que nadie tiene vocación de exilio. Unos se van por  imposición,

otros por necesidad, otros por cansancio y otros por desafiar las reglas de la pobreza. Pero no deja  de ser un exilio.

La gente escuchaba a Rodrigo y bailaba, los obreros trabajaban al compás de su música, los más jóvenes volaban al ritmo del cuarteto y otros nos abstraíamos de las circunstancias bailando a escondidas y mirándonos en el  espejo para ver si nos salía bien  el movimiento de cadera.

Cuando aquello ocurrió, nos dimos cuenta, mejor dicho, admitimos como soldados  inermes, la desolación en la que estábamos sumergidos. La desposesión se había apoderado de nosotros.

Y yo tenía que llegar donde amanece.

 

Nota 2

 

Mi fuga a España estaba en un espacio onírico, un espacio adonde yo me iba  a soñar sólo por tener algo que me ayudara a vivir y a pensar que había una vida un poco más digna a la cual seducir, con nuestra pasión optimista, con nuestra idiosincrasia feroz y poética, porque así somos: unos alegres poetas nostálgicos.

Así comencé a pertrechar a mi regimiento.

Y así surgieron las ideas, los proyectos, las ganas de cambios, la posibilidad de una nueva oportunidad para reivindicarnos con nuestras certezas.

Y así fue como con el tiempo, comenzamos a armar nuestro futuro, primero en la mente, después en el corazón y abrimos las polvorientas valijas para llenarlas con algo de ropa, fotos, pero no muchas, cartas guardadas desde los desencantos, y el dulzor desgarrador del dulce de leche.

Luego comenzamos a  traducir en palabras nuestros deseos más profundos.

Y aquí estoy. En España. Lejos de quienes me aman en serio. Pero viva.

Soplará en mi tierra el mismo viento, pero no me extrañará. Y ya no será más mi viento, ni mi calle verde, ni la puerta siempre abierta de mi casa, le digo a mi amiga española y ella sonríe.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Todo empieza por un efímero pensamiento, luego ese  pensamiento cobra importancia, luego se vuelve  vital para poder   seguir  viviendo y se traduce en lenguaje. Y una vez expresado en palabras, adquiere poder.

-La memoria es un túnel que da a luz muñequitos con los ojos tristes, le digo a mi amiga española y ella ,como siempre, sonríe.

Roberto siempre me dijo que es raro que se nos permita  seguir el camino imaginado. Que el  encanto de la vida está en apropiarse de los caminos impuestos y hacerlos propios.

¿Era un sabio Roberto?

 

Nota 3

 

Cuando tomé el  avión supe que no querría volver por algún tiempo, y es verdad. Por ahora no quiero volver. No  quiero regodear la nostalgia ni  exponerme a la vulnerabilidad de ver aquello que no pude cambiar a tiempo.

A mí siempre se me negaron los paraísos terrenales, quizás porque  nunca podría dejar de recordarlos.

¿Por qué alimentarme de  los días pasados en los cuales había sido despojada hasta de las cosas más esenciales?

¿Para qué recordar las asfixias, las injusticias cotidianas, los embargos y la lluvia de cartas reclamando lo que ya no tenía?

Y por eso aquí estoy, lejos de la  tierra que retuvo los gajos más valiosos de mi carne: el vigor  y la vocación de grillo.

Estas notas son sólo un ancla en la memoria de mis futuras muertes y de mis futuras vidas, y como decía Roberto, cuando uno  frecuenta las grutas de la mente, se vuelve adicto a los estragos de la memoria.

Pero da igual, la memoria es a veces el infierno y a veces la felicidad. La memoria no es cierta. Ni lo son los recuerdos. Sólo es la huella difusa del camino que nos devuelve una imagen, un olor, una antigua convicción.

¿Cómo estará Roberto?

Yo decidí  abandonar a la Argentina porque ella ya me había avisado de que no debería morir de tristeza ni de embargos. Yo nací para cometa y para rayuela. No podía morirme todavía.

¿Quo vadis? A España, dónde más.

 

Nota 4

 

Ahora vivo en España, en Alicante. Poco recordaré en el  futuro el dolor de ser otro ser nuevo, porque me acabo de parir a mí misma y me acabo de comer la placenta de las raíces.

En estas notas sólo detallaré insignificantes secuencias de mi vida acá y allá. Y expondré un aspecto, el lado tragicómico de la invisibilidad.   Nada parecerá más tonto para mí que releer estas notas si sobrevivo a mi parto. Tampoco someto estas notas a  alguna crítica, porque sé acabadamente que no tienen ningún valor literario.

Este clima benigno y dócil me pasa una mano tibia por alguna herida en la cual he decidido no intervenir.

Vivo en Alicante. Alicante es linda, porque es mujer.

Cuando voy a tomar el autobús para ir a trabajar, me encuentro siempre con las mismas personas. Ya conozco a todos. Pero nadie parece reconocerme.

¿Seré invisible? Busco con la mirada a alguien que me diga Buenos  Días,  pero nadie parece reparar en mí. Me he vuelto invisible. Acaso lo haya sido siempre. Siempre lo hice bien  por una sencilla razón: practiqué la invisibilidad con insistencia y ahora me llega con vocación de reina.

Es como decía mi amigo Roberto cuando nos sentábamos a tomar una poesía con café y cigarrillos: Un trago de invisibilidad no le hace mal a nadie y evita ponerse trascendente.

– Jodéte, decía. Sí. Extraño a Roberto.

Trato, cada día, de encontrar a alguien que me salude, que me haga la señal de que realmente estoy acá, parada en esta esquina alumbrada de ausencias. Nadie  me  advierte. Hay quienes  me ven todos los días, infaliblemente. Cuando cruzamos nuestras miradas,  pienso que me van a saludar .Casi instintivamente  comienzo un gesto amistoso, como un perro dulce ante la mínima anticipación del cariño. Hago el movimiento, la media sonrisa protocolar, la extensión temblorosa de la mano, pero no, nadie me saluda.

El primer gesto social que hizo el hombre primitivo fue una inclinación de cabeza en señal de reconocimiento. Yo busco esa señal cada día. Pero no hay manera.

 

Notita 5

 

Es necesario aclarar que vendo puertas. ¿Puertas? Puertas de paso, puertas de interior. ¿Qué color es el que más me piden?

Cerezo. Puertas color cerezo. Sí, ahora mi vida es color cerezo.

 

Nota 6

 

Como en un rito urbano y necesario, una joven muy delgada,  muy alta, muy frutal, espera el autobús en la misma parada que

yo espero el mío. Creo que va a la universidad. Tontamente envidio su juventud. A su edad yo estaba fascinada con mis partos. Loca de amor, contracciones y canciones de cuna escritas por mí, jugué a ser grande y nadie tocó el timbre para salir al recreo. O no lo escuché.

Ella no me saluda. Nunca. Yo la llamo “la jirafa”, por su altura. Yo, desde aquí abajo, la observo, la observo. ¿Por qué no me saluda?

Cuando sube a su autobús, la miro pausadamente, miro sus libros, su mochila   llena de    cuadernos, ese  aire    intelectual y

liberador que adoptan los jóvenes que van a la universidad, y me pregunto que haría yo si tuviese su edad. Hoy me basta saber que la verdadera y única felicidad la encontré en mis partos.

Ella tendrá  veintidós, veintitrés  años, poco más, poco menos. Inevitablemente  me ve, pero no me saluda. Yo ya sé que soy grande, pero, como decía Lugones, a veces me levanto con corazón de grillo y veo todo a lo grillo. Y para mí, el grillo es ruido de infancia, ganas de saber cómo será la vida, socialización, tardes de elástico y fraternidades, es decir: ¡Hola! ¿Cómo estás?

Tener corazón de grillo es tener abuelos, un Domingo como el de los Campanelli, un navidad con mi hermano corriendo a la velocidad de los cohetes…Es tener un sueño lindo.

Hay en la poca infancia que me dejó la adultez un espejo de mi

eterna melancolía, una ansiedad desmedida de aceptación. Esa oscura añoranza que nos hace querer ser lo que no somos. Una añoranza que se dispara desde un punto inexacto de la infancia.

Ella, la jirafa,  mata mis grillos sin darse cuenta.

¿Por qué no quiere saludarme? ¿Por qué me espanta los grillos?

Subo a mi autobús, que no es el mismo que toma la jirafa. Voy mirando con detenimiento  las calles, trato de memorizar los nombres, me sonrío de la brújula ausente en mi cerebro. Me encanta observar los rostros, imaginarme sus vidas, transgredir sus intimidades por el claro indicio de sus expresiones.

Voy caminando hacia el trabajo, miro a la  gente que me ve todos los días, y no me saluda.

¿Será mi gesto lo que los asusta? ¿Qué cara tendré? ¿Será que la nostalgia me ha dibujado en la cara una mueca grotesca?¿Daré miedo?

Días hay en que la nostalgia me aja la garganta como un trago

de arena. Esos días,  creo que mi cara es la de la pintura de Munch. ¿Tendré la cara del hombre de “El grito”? ¿Es un hombre ese del cuadro o es un espectro? ¿Seré un espectro olvidado o la imagen de un expresionista  noruego?

Mientras camino, el orgullo hace un ruido raro  y es cuando advierto que   acá no tengo historia, que    soy   sólo alguien que

aprende un trabajo nuevo, pero que nada tiene que ver con quien yo fui, con mi antiguo y  mínimo territorio ganado.

-Pero me cansé de los años de subasta, le digo a mi amiga española. Tenía que salvarme.

Sigo caminando invisible. Nadie me advierte.

Esta otra  esquina es un complejo mundo de gritos y susurros ajenos donde no encuentro un resquicio para la multitud que cargo en el corazón.

A la jirafa se la llevó otro autobús. Me quedé mirándola y me acordé de cuando era chica. Cuando llegaba al colegio una niña nueva y creía que se sentía sola, yo me acercaba y le decía: “¿Querés ser mi amiga?”

                    Pero me parece que no, que la jirafa  no quiere ser mi amiga. Y yo sí.

 

Nota 7

 

Los pájaros de Alicante tienen un reloj en el canto. El destino presume de puntual y los pájaros también. Son puntuales. Cada mañana despiertan a la ciudad. Los escucho con atención. Son lindos esos trinos de Alicante. Alicante es linda como los pájaros, es un nido con sabor a nido, sobre todo cuando venimos saboreando el asombro de los  adioses, la sensación de que todos se están yendo, cuando en  realidad, somos nosotros quienes nos estamos yendo. Alicante es un nido.

Pero es como todo. Los días que tengo esa bella sensación de que la vida es bella, amo los pájaros.

“Hoy es un día azul de primavera, creo que moriré de poesía”, repito, repito y camino de la mano de  Nicanor Parra.

Voy saltando por la vereda y juego con las  baldosas. Porque  tengo mis años grandes, pero  la incordura del corazón intacta.

La falta de cordura siempre sucedió sólo en mi corazón. Fui y soy una librepensadora, una loca de cornisa, pero en la mente. Nunca en los hechos. Es fácil  romper la burguesa legalidad en la intimidad. La sobriedad social, las reglas de buena convivencia se deshacen  ante el peso  frutal de las alas.

Sin embargo, la búsqueda de aceptación nos paraliza. La educación y la interpretación que hice de la educación me han privado de grandes aventuras. Sé  distinguir la realidad de la ficción. Creo que en mi vida el ansia de trascendencia  y  la osadía son  una gran ficción.

Aún así, la libertad que me transita el corazón de la mente y la sangre, es mi patrimonio mas evidente. Invisible, pero lúcida.

Otros días arranco  pateando muertos y  pariendo secos partos verticales. Entonces  pienso: esos putos  pájaros que me despiertan del sueño  del que no quiero despertar. Así somos de inconstantes. Los pájaros no cambian. La que cambia soy yo.

Muchas veces me despierto y no sé dónde estoy. Arbitrariamente, la mente me hace una mala jugada.  No puedo.

ubicarme, y las paredes, los ruidos se confabulan para alimentar mi desalojo. Creo escuchar las frenadas del coche de mi hermana o el taconeo de una amiga que ya me olvidó.

Creo que estoy en mi casa de Argentina,  en la casa de mamá o en la de mis abuelos en Buenos Aires. Hasta huelo los jazmines de mis abuelos.

Es un segundo  suspendido en una remota identidad que no consigo conciliar y creo que sufro, pero no, sólo practico  mi vida anterior. No sé qué parte de ella, si la parte buena o la parte mala.

Luego me acuerdo y aterrizo en España por quincuagésima vez, recorro otra vez Barajas, recorro las galerías iluminadas del Free Shop, tomo el avión para Alicante y abro las maletas.

No sufro ya. Roberto me decía que no debemos acostumbrarnos a sufrir.

“Nuestro mayor deber es la alegría”, dijo Roberto cuando le avisé de que me iba. Luego noté algo raro en sus ojos. Me pagó el café y me regaló un libro  de Antonio Porchia.

A veces siento que me traicioné y otras  veces siento que logré salvarme. Antonio Porchia dice que “uno se cansa de todo, hasta de estar muerto”.

Yo creo que me cansé de  ir muriendo poco a poco. No alcanzaba

el  cansancio para mi cansancio. Todos nos habíamos abocado a la tarea de inventar más horas para trabajar y enterrar  la azul quimera de  la pausa, de la alegría.

Hice lo que pude, lo mejor que pude. Trabajé, estudié, peleé  la batalla de Leónidas y me traicionó Efialtes.

Hay diferentes maneras de morirse y de vivir también. Yo dejé mi espalda, el fervor de mis huesos y la mitad de mi corazón en una tierra que se contaminó irremediablemente.

Convencí a mi corazón para que desarrollara huesos y así, con un andamiaje más fuerte, tal vez, tal vez hubiera podido resistir. Y quedarme.

Yo era de la clase de optimistas incurables. Ahora trato de volver a serlo.

Yo nací para alegre, le digo a mi amiga española. Nací para sortija y para hamaca. Nací para grillo y me entregué un verano, cuando supe que la tristeza jugaba una pulseada con mi alegría. Y  no quise saber quién ganaba la pulseada.

No me interesaba ya.

 

Nota 8

 

Soy argentina, por eso seseo. ¿De qué color es esto? ¿Cerezo? Y pronuncio “sereso”, aunque sé que se escribe cerezo. ¡No, no! Alguien me dice “cerezo” y pronuncia “zerezo”.

Los colores de la madera me han sido revelados en España .Mi permanente sed de conocimiento se circunscribe hoy al tinte de las maderas.

Tuve mi mente saturada de otras tantas tonterías. Pero ahora tengo que aprender. ¿Cerezo? Sereso, Zerezo.  Me miro al espejo. Digo Zerezo ,pongo la lengua entre mis dientes para pronunciar mejor y cuando me olvido me sale el seseo. Digo sereso otra vez  y cuando digo zerezo escupo un poco, porque no me acostumbro a la z.  Me miro otra vez al espejo. Pongo caras. Tengo muchos años y todavía pongo caras en el espejo.

¿Cara de triste? ¿Cara de alegre? ¿Cara de sorpresa? ¿Cara de cerezo? ¿Cuándo voy a ser grande?

Los años no  me han causado ni alivio ni quietud. La madurez se viste de Blancanieves. Mientras tanto, juego a los indios o a las estatuas cuando nadie me ve.

Le digo a mi amiga española que quiero llegar a ser una viejita

sosegada, pacífica, rutinaria. Para variar, ella se echa a reír. Ella pertenece al    regimiento de los lúcidos. Es lúcida.  No se rinde.

Tengo que aprender lo del cerezo y sobre todo, a distinguir el color. Miro a  mi alrededor y trato de buscar cosas color cerezo. Miro en las vidrieras, mejor me acostumbro en los escaparates. Busco el color cerezo y digo  en voz baja zerezo, zerezo.

¿Y esto de  qué color es? No lo distingo. No me doy cuenta. ¿Qué color es? No sé o creo que sí. Me acuerdo del espejo, de mi lengua con voluntad, de mis muchos  años sin preocuparme de qué color exactamente es el cerezo.  Pero mi vida ahora  es color cerezo. Mi vida color cerezo.

Como decía Roberto, “los colores nos dan el estado de ánimo

de las cosas y del corazón que las percibe. Los colores son

pautas de convivencia”, decía  cuando nos juntábamos a morirnos de luna y poesía .

“Un poco de arco iris no le hace mal a nadie”¡Cuánta verdad!

¿No me regalás un poco de arco iris?, solía decirle.

Sí, marchando un kilo y medio de arco iris para la loca de los versos, respondía haciendo un gesto, como llamando a un mozo.

¡Te extraño tanto, Roberto!

 

Nota 10

 

“Una vida sin anécdotas es vegetar”, decía Apollinaire. Yo estoy llena de anécdotas, pero no de grandes historias. Mucho menos de aventuras. Creo que una de mis mayores aventuras fue hacerme la rata en quinto año y las monjas  se lo contaron a mi madre.

Cuando leí Madame Bovary, quería ser Madame Bovary. Cuando leí Rojo y Negro,  quería ser la señora de Renal y amé a  Julián Sorel. Pero un día un  libro encontró sus ojos en los míos, coincidimos en la alquimia  creativa  y leí La Feria de las Vanidades.

Supe  que de todas aquellas mujeres de mis libros, la que en verdad querría haber sido era Rebecca Sharp, porque definitivamente Amelia Sedley tenía lo que no me gustaba de mí. Hoy este partidismo o admiración me despierta varias sospechas sobre mí misma.

¡Ese revivir, sin querer, a ese ser misterioso y oscuro, al monje censurador que todavía hoy se despereza  en mi interior con una sotana abierta por la espalda! Algún día el despotismo desaparecerá y habré creído que nunca estuvo dentro de mí, que algo parecido a la felicidad logró desterrar al despótico cura de los prejuicios. Sólo entonces lograré  aliviar mis propias censuras. Soy mi  propia censura, aun cuando no creo en ella.

Sí, yo quería ser Rebeca Sharp. Por supuesto, no tenía esa belleza. Pero aunque la hubiera tenido, no tenía nada que ver conmigo.

Una tarde, hace tanto ya, conocí a un hombre muy bello, uno de esos hombres que ríen mucho, que siempre tienen algo que decir. Intelectual, pero no aburrido ni acartonado. Recuerdo haber   sonreído      con asombro y lejanía, en la sombra.  Supe, apenas lo conocí , que yo no era la clase de mujer en la cual se podría fijar. Me alejé sin asombro y con destreza. No quise conocerlo más. Experta en fugas, me retiré en la sigilosa comodidad de mi miedo a sufrir. No me enamoré. Lo admiré y sólo, por las dudas, me hice a un lado.Sin complicaciones.

Pasado un año, iba  caminando por la calle, absorta en un espejismo de incorduras, esas  que siempre me ayudaban a vivir. Alguien dijo mi nombre, no para nombrarme  sino para recordarme que nos habíamos conocido.   De repente, bajé a la

realidad de un salto. Era él, el hombre bello del que me alejé sin conocerlo del todo.

-Hola, me dijo. Además agregó mi nombre ¡Mi nombre! Nunca pensé que él lo recordaría. La desenfadada Rebeca  Sharp me hacía muecas de alegría.

Recuerdo haberme quedado  parada en mitad de la vereda, fría, y tratando, con desesperación casi, de disimular el temblor.

Un sudor repentino  expuso mi asombro.   Quería parecer una mujer mundana, elocuente, social.  Pero tuve mala suerte. Tal vez por los nervios, la sorpresa o el frío sudor  contrastando el calor que hacía en aquel octubre argentino, se me secó la boca. Mucho. Devastadoramente.  El labio superior se quedó adherido, pegado a mis dientes superiores, seco, seca la boca. Quedó en mi rostro una estática mueca simiesca. Emití un sonido gutural, pastoso, débil. No me atrevía a sacar la lengua y despegármelo, porque temí que pareciese una provocación. Comencé a agitar la cabeza moderadamente para mostrar mi reconocimiento mientras inflaba ligeramente las mejillas para intentar despegar el labio que me traicionaba. Él me hablaba de mis versos y yo levantaba las cejas mientras tosía con gracia, para humedecer  los dientes,  que hacían ya de barrera, ya de quebranto a mi sueño de glamour. Enterrada Rebeca Sharp, me despedí de la heroína de literatura y  levanté mi mano para trazar en el aire un “Chau, hasta pronto”. Algo confuso que ni él ni yo pudimos entender acabadamente.

No pude siquiera especular con las protagonistas de mis libros  ni con  mis propias emociones.  Pero a pesar de lo patético que fue mi   encuentro, ahora, cuando ya han    pasado exactamente

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

veinticinco años, me sonrío como sonreía mi abuela cuando veía a Palito Ortega en las películas.

La torpeza es en mí, contradictoriamente, una virtud. Me hace reír de mí misma. Me salva de la  masa conservadora. Eso la hace necesaria.

Hoy ya no quiero ser Rebeca Sharp. Ya he aprendido la lección. Convivo con mis mujeres, domando los  perros sueltos y buscando una rayuela en todas las aceras de España para no morir en lo desconocido, para aferrarme a las líneas seguras de una rayuela que no cambie nunca. Necesito acomodar  la geografía de mi cerebro, las cicatrices y los depósitos de mis abundancias y mis carencias, los pliegues de mi alma, pero en España. A veces España es mi felicidad, a veces no.

No, si ya no me acuerdo de quién es Rebeca Sharp.

Roberto  no tenía la inquietud de Borges ante los espejos. Pero decía que lo peor de mirarse al espejo era enfrentarse con aquella persona que no se parecía en nada a la que realmente quisimos ser.

-Pero yo soy una reina, Roberto.

-Pero nadie ve tu corona, piba. Sólo yo.

Así era Roberto. Así fui yo.

 

Nota 11

 

Cuando vi la película “Besos en la frente” lloré tanto, que creció el mar. China Zorrilla interpreta a  Mercedes, una mujer mayor que ve en  un chico de veintiséis un sesgo de su manera de amar; su antiguo corazón rejuvenecido se encandila de magia ante los ojos mas bellos de la tierra. “Soy una mujer de 15 atrapada en un cuerpo de 80”, creo que dice Mercedes y así, así me siento yo. Yo no tengo ochenta años, pero la niña riente que aún corre por la calle, soñando el mundo del revés, buscando el árbol que camina, creyendo que la vida es un ida y vuelta de esfuerzo-recompensa, me arrincona contra un muro de anónimos verdugos. Confieso que a veces quisiera volver por otros pasos. Quisiera volver al vientre de mi madre.

Muchas veces me pregunto por qué el tiempo se deshace como las migas en la boca y no alcanzo a retenerlo, a sobrevivirlo mejor, a sentirme en paz con él. Creo, sólo creo que la paz no es una herencia que podré alguna vez legar.

Muchas veces me cambio de ropa con los ojos cerrados para no verme. Quien me ve vestida me dice que estoy bien, que no me preocupe. Por eso espero que nunca me vean desvestida.

 

Notita 12

 

La jirafa no quiere ser mi amiga. No me saluda, no hay manera.

 

Nota 13

 

A veces la vida nos da una tregua. A veces miramos hacia afuera y la vida es de color amarillo y nos permitimos el lujo del descanso. Durante la tregua, recuperamos entonces ese yo íntimo, el yo esencial, eso que realmente somos y sólo unos pocos alcanzan a ver. Es ese yo que nadie sospecha, que da

vueltas carnero en un interior profundo y que tantas veces desea ser descubierto, expuesto en sus más vulneradas revelaciones para tender un puente, el puente solidario, el puente conciliador que nos devuelva un espejo de identidad compartida. No estoy hablando de una pareja, estoy hablando de la magia del encuentro con alguien que tenga nuestra misma geografía mental, la misma trinchera emocional. Eso es parte de una tregua. Mi amiga española es una tregua. Yo le cuento y ella me entiende. ¿Qué más puedo pedir?

Una tregua es como quedarse riendo después de algo lindo e inesperado y tener ganas de saltar. Sí, yo sé que muchas veces cuando creo que nadie me mira camino  jugando. A veces, cuando me doy vuelta y veo que alguien está jugando conmigo, ese día me vuelvo cometa y le doy a la vida  gracias, gracias por la tregua.

En el edificio donde vivo hay un insomne, uno como yo. No sé quién es, si es hombre  o si es mujer. Sólo sé que escucha siempre la misma emisora, noche tras noche. Mientras leo, escucho su radio como en una letanía.

Compartimos la noche desvelada, las pupilas enormes y el tambor incesante de los recuerdos, las horas largas y el amanecer que nos salva de la locura. Los fantasmas y las voces

funcionan igual para todos los insomnes.

¿Cómo hago para mandarle un mensaje? Una señal que le indique que somos dos, dos insomnes riñendo con la noche o a veces tomando un  café con ella, fumándonos  ante la luz redentora de la madrugada.

Jon Elster dijo que el insomne trata primero de poner su mente en blanco, luego, y ante el fracaso de conseguir conciliar el sueño, se resigna fingiendo indiferencia y se hace cuenta de que no le importa. Tampoco da resultado y es entonces cuando  llega a la conclusión de que la noche va a ser larga, larguísima. Y, consciente de esta verdad, se va quedando dormido. ¿Habrá sido Jon Elster un insomne?

No sé quién será el insomne de mi edificio, sólo sé que tiene algo en común conmigo, con mi noche española, con mis párpados alertas y de alguna manera me tiende un puente o yo se lo tiendo, no lo sé. Tener algo en común  es  una tregua

chiquita que me despunta la imaginación y me deja sonriendo en  mi departamento, que entre sus mejores cosas  tiene una  ventana que da a una avenida. La avenida es un útero fértil que da vida. A mí me da vida.  Escucho ruido a calle. Hay un barullo anónimo de motores y voces nocturnas y eso me hace tanta compañía como el insomne que vive no sé dónde, pero arriba de mí.

 

Nota 14

                   Me voy a comprar gafas de sol, pero negros, así  parezco más importante.     

                  Nadie podrá  saber lo que estoy mirando. Además, me esconderé detrás de  

                      ellos.

Un encuentro acude a mi memoria, disfrazado de verdad o ficción, en esa rara frontera de lo pasado. Nunca tuve tan bella declaración de amor como aquella que me hizo un  muchacho de ojos claros cuando la vida era un errante descubrimiento de destellos, soles y tormentas, pero era bendito ser joven y el agua se me escurría clara por entre los dedos. Además,  pesaba diez kilos menos.

Hay una parte de nosotros que es verosímil y socialmente aceptable. La otra, la que escondemos es quizás la más divertida, la que nos sostiene y nos salva de la soberbia de los preceptos y los destinos.

Hay, como en los demás, una parte de mí que no todos distinguen, que no todos pueden reconocer  Pero él llegó hasta donde estaba esa que reía con la risa grande y escribía versos por los cuales creía respirar, a ese yo esencial que a veces se muere por salir a flote, por salvarse del ostracismo emocional. Ahí donde se puede  morir de poesía.

Hace pocos años me crucé, por azar,  con un hombre de bellos ojos y canas  dulces, que me sonreía con la candencia de una pasada juventud y el asombro de los nuevos viejos años. Era aquel joven de las palabras lindas. De pronto quise  ser invisible. Otra vez. No quise que me reconociera. Tenía treinta años más,  diez kilos  más y más deudas que ganas de vivir. Sólo le sonreí como al descuido, y salí corriendo.

¿Para qué romper con la vieja costumbre? Supe que la huida me sentaba bien, y que tal vez por eso estoy donde estoy. Tuve uno de mis mayores momentos de imbecilidad y tal vez algún día crezca, hasta el punto de ir a buscarlo y …

Él se quedó algo perplejo. La tarde de Abril se diluyó de repente en sus ojos de inmensa juventud, sólo por un instante recuperada.

No es el paso del tiempo mi mejor excusa para la alegría. Esta vieja intolerancia a la madurez me ha costado demasiado.

-¿Y si lo volvieras a ver?, pregunta mi amiga española.

Pondría pasacalles en las calles pidiéndole perdón.

Nunca tendría que enterarse de que ni clases doy, de que ya ni escribo y de que practico todos los días para pronunciar la palabra cerezo. Pero eso sí, la risa y la rayuela son la ofrenda a mi vida española. Esta vida me ha dado un  resquicio a la vieja desposesión.

Sigo pensando que la idea de las gafas es buena. Mañana me voy a aparecer en la parada del autobús con las gafas. Quién sabe, acaso alguien me salude. Quizá, la jirafa.  Ojalá.

Mañana voy a jugar a la mujer importante y cuando me mire en las vidrieras, en los escaparates,  acaso no me reconozca. En mi bondadosa imaginación, recrearé un hecho no sucedido: me detendré a saludar al muchacho que me hizo la más bella declaración de amor y lo invitaré a tomar un café. Y no me importarán los diez kilos de más ni  mis arrugas chiquitas ni  mi flacidez.  Hablaremos de nuestras familias, quizás, o de sus preguntas sin respuestas, de mi negativa tímida, tan tímida como yo era.

Y si así fuese, me sacaría las gafas  negras de sol, las que aún

no me he puesto  para jugar a la mujer importante y le diría que gracias por el rumor dulcísimo de aquellas palabras, gracias por la tregua.

Sabré entonces que ya he pagado un precio muy alto por esa timidez.

Y seré mi propia ficción, seré mi propia literatura. Una literatura de carne y hueso, una escribiente que desaparece siempre y desaparece a cuenta, para no tener ya más, nunca más, sentimientos de pérdida.

 

Nota 13

 

-¿Y ahora que hacés?

La pregunta es inevitable. Surge como un gesto, como una necesidad del otro, como un grito que busca la asociación que calme la sensación de los sueños lejanos.

-Ahora…¿A que te dedicás?

-Vendo puertas.

-¿Puertas?

-Puertas.

Por un momento bailan en mi mente otros momentos, la antigua vida mía. Busco con desesperación otra manera, otra frase sustituta, pero no encuentro otra que la necesaria.

“Vendo puertas”.

A mi alrededor el atardecer cobra un color extraño, dulce como un damasco triste y yo me sonrío inventando una actitud distendida.

Pero somos dos argentinos blancos y celestes, que nos encontramos como al descuido, en un juego de azar y lejanía, recuperando un trocito del acento, una mano invisible y solidaria que nos seduce sin querer, una intención de identidad que  no descansa, no para.

Un tácito pacto de fraternidad.

– ¿Y los versos?

Miro los coches que pasan y se rompe poco a poco, la plaza a mi lado.

-¿Qué versos?

La persona me mira, me reconoce, me desconoce, me entiende.

-Tus versos, insiste.

-¿Qué versos?

-Tus versos, repite con resignada comprensión.

Entonces  me pregunto si escribí algún día.

Cuando me despido, los ojos del otro se pierden en la misma intensa incredulidad de los míos, con la misma distancia entre lo que  somos y lo que quisimos ser, con la misma incredulidad que uno experimenta cuando deja atrás la niñez y ya no ve las cosas desde abajo. Es cuando empezamos a buscar a Lady Laura para  que nos diga al oído que quizás las cosas mañana nos salgan mejor.

Rodamos cuesta abajo por un idealismo feroz y sólo una civilizada madurez que se jacta de realidad nos devuelve a la sensatez.

¿Los versos? ¿Qué versos?

El otro comprende como quien sabe, que enfrentarse  a la misma realidad austera.

Y ya no hay nada más que decir.

Ahora vendo puertas. Y bueno, sí, vendo puertas color cerezo. ¿Y qué?

 

Nota final

 

-Buenos días…

-Buscamos puertas de interior.-¿Qué color?

-Cerezo.

-¿Sabía usted que ahora mi vida es color cerezo?

-¿Cómo dice?

-Sí, mi vida española es color cerezo.

-No le entiendo, dice mi cliente.

-Sí, mi vida ahora no se parece a los versos, no se parece a mi

amiga ausente, ni a Roberto, a nada. Ahora mi vida se parece a una puerta color cerezo. Zerezo. Cerezo.

Mi amiga española me ha enseñado a pronunciar Zerezo. Ella siempre se ríe y yo también. Somos un par de grillos delirantes en el ángulo exacto entre Argentina y España. Hemos inventado una alternancia de códigos. Ella me dice “Aquí” y yo le digo “Acá”, luego cambiamos. Ella dice “Esa mina..” y yo  digo ..”Esa tía”… Dice “lentes” y yo le digo su equivalente en español: “gafas”.Y eso sí, nos reímos mucho.

Yo le digo que ahora soy menos buena y ella me dice “Ídem”.

Una entrañable sed de alegría y una manera de sufrir a solas y en silencio nos ha hecho comulgar un destino,  codo a codo.

Mi vida ahora se parece a los pájaros que me despiertan, a la jirafa que no quiere ser mi amiga, a mis gafas de sol negras que

me hacen parecer más importante, al terrible esfuerzo que me producen los números, a mi nostalgia secreta, a los bares lindos que pueblan mi calle, a un amor secreto,  al perro de raza que pasea la mujer de arriba, al insomne que me manda mensajes en la  noche lenta.

Mi vida ahora es otra vida.

Como decía Roberto, la vida es del color que se te ocurra. Pero los demás nunca la van a ver del mismo color que vos la ves. Esa es la magia de los colores. Por eso se mueren de risa los arcos iris. Todo es una ilusión. Lo único cierto es lo que abunda en tus pupilas.

 Y vuelvo a la realidad.

-Pero buscamos puertas de color cerezo. Mi cliente no se resigna.

-Sí, sí, como mi vida. Mi vida ahora es color cerezo. El exilio voluntario se regodea   en  el trago   final   de mi orgullo intacto y trato de perdonarme, de perdonar a la tierra, de olvidar las traiciones, las insistentes traiciones, de recrear en mi mente las treguas que me salvaron de las anclas , los domingos en familia  y mi perro con ataques de pánico, que entendía Inglés.

-¿Cerezo?

-Sí, cerezo.

En un momentos convergen las múltiples mujeres que rescaté de los libros, los versos más lindos que no ganaron en los concursos y a los que algunos quisieron condenar al anonimato, los pájaros de mi barrio con árboles, mi avenida nueva que se mete por mi ventana en el sueño realizado de mi departamento español, el avión que vuela pesado de obelisco, el aeropuerto en Barajas y lo intrépido de mi viaje  repentino, las voces de los alumnos y mi temblor junto al de ellos en la mesa de exámenes, mi abuelito de cuentos llamándome “gitana”, la risa de mi amiga y la risa mía, la cumbia de Rodrigo, la verdad de Baglieto, el sillón de mi madre, mis hermanos, mis destinos, mis viejos amores, la desazón de mis acreedores, mi sueño en España.

-¿Quo Vadis? A España, a España.

Algún día continuaré estas notas. Esto no es literatura. Estas

son solamente notas que la memoria confiscó al olvido,  pero que se escaparon para ayudarme a vivir, porque olvidar es morirse un poco. Y yo no me quiero morir. No puedo morirme todavía.

Aunque me cambie la ropa con los ojos cerrados para no verme blanda de  partos, aunque todavía se me pegue el labio a la parte superior de mi boca cuando me pongo nerviosa, aunque escriba versos en servilletas en los bares de Alicante, que es linda porque es mujer, aunque siga jugando a ser un grillo chiquito que busca la tregua salvadora,  buscando la luz de quien entienda, buscando  “aquel encuentro que me ilumine el día”, cantaría Joaquín Sabina.

Roberto me dijo un día que yo era  la mujer más fuerte que había conocido. No sé si es verdad, pero es lo mejor que me han dicho en la vida.

El destierro me deja la sensación de ser más fuerte, de estar yo conmigo más unida que nunca y la magia de un  árbol que si muere , muere de  pie.

Y cuando me entristezco, pienso en mi huida a Kamchatka.

-¿Qué es Kamchatka?, pregunta mi amiga española.

No le digo que es una película de Ricardo Darín, solamente que Kamchatca es un lugar para resistir.

-Vale, me dice. Vamos.

…………………………………………………………………………

Muchas veces me he preguntado qué  fue aquello que me empujó a tomar esta decisión. Definitivamente sé que así como toda  mi vida practiqué la invisibilidad, ahora yo decido volver invisible a los traidores, a los malos, a los que no me vieron y para verme tuvieron que ver sólo mi contorno, a los que se quedaron con mis hamacas y con mi papá, a los que nos quisieron volver un país triste.  Creo que en eso radicó la peor de las pobrezas.

-Sí, ahora vendo puertas. ¿Y…?

España se desliza por mi cuerpo y yo la dejo  que me enamore, que me seduzca, y trato de pensar que España es mi Kamchatka, mi lugar para resistir.

-¿Vamos a jugar a “Si todo sale bien”?, le digo entonces a mi amiga española.

-Vale, me responde. Si todo sale bien…

Así nos ponemos a enumerar todas aquellas cosas que conformarían un futuro con sol y sin arrugas en el alma. Y somos dos locas de atar, muertas de risa, bailando por la acera.

Le hablo a mi amiga de Roberto. ¡Cómo extraño a Roberto!

 Si él estuviera a mi lado, le preguntaría a qué se parece el color cerezo. Seguramente me respondería…

-A tus versos, piba. Y a vos. Ahora el cerezo sos vos.

 

 

 

 

 

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18 octubre, 2008 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario

De malos jefes y pequeñas venganzas

 

Por esas rarezas de la vida, cada vez que me han hecho  daño, el mal que me han hecho se ha vuelto en contra de mis detractores. Como un boomerang del mal. Infaliblemente. Yo no creo en las brujas, pero si existiesen, soy una de ellas.

Doce años trabajando en una planta de gas me han dejado vivencias enriquecedoras.

Cuando discutimos, aquel hombre con traje y sin cultura, sacudió mi escritorio y vociferó aduciendo “estar en la cresta de la ola” y que haría todo lo que estuviera a su alcance para lograr mi despido.

-Es natural, le dije. Usted no me llega ni a la suela del zapato. Le debe de doler el cuello de tanto mirarme hacia arriba. Faltó poco para que su desquicio lo empujara a levantarme la mano, pero mi oficina acristalada daba a la planta donde mis queridos camioneros estaban ya formando un escuadrón heroico para protegerme.

Era lógico y entendible que, a pesar de mi impecable legajo de doce años, lograra que el Departamento de Personal aceptara su propuesta de despido, aduciendo una reestructuración, la antigua mentira de los jefes cuando comienzas a molestarles.

Nuestro desentendimiento comenzó en el mismo momento que llegó a la empresa y desplazó a nuestro antiguo jefe de muchos años, a quien yo tenía en muy alta estima. Con una estudiada simpatía, sedujo a todos menos a mí. Mi excesivo “usted” le molestaba, mucho más cuando decía no querer tanta formalidad. Yo lo empleaba como una sabia estrategia de mantener distancia. Luego, comenzó a denigrar a mis compañeros como preámbulo también de sus despidos. Por supuesto, yo salí en defensa de ellos. Siempre lo hacía. Solía con burla llamarme “defensora de pobres y ausentes”, “abogada de los nadie”, y repetía que mi mirada lo acusaba todo el tiempo.

– No abras tanto los ojos cuando me hablas, se atrevió a decirme un día. Será por lo ridículo de su traje amarillo, le respondí.

No exagero: creo que llegó a odiarme, tal vez porque lo enfrentaba con su propia mediocridad o con una masculinidad excesiva en la cual no admitía la confrontación de una mujer que, como él mismo decía, lo observaba inteligentemente silenciosa.

Un día quiso que me cortara el cabello para que adquiriera una apariencia más empresarial. Imposible, le dije. Mi cabello es patrimonio nacional.

Se quejaba porque atendía a los clientes con demasiada amabilidad y si era más cortante, se quejaba porque no era lo suficientemente amable. Si terminaba un trabajo tarde, me reprendía y si lo hacía con anticipación, también. Si me iba justo a horario le molestaba y si me quedaba un poco más, me preguntaba a qué me quedaba. Si no me reía cuando hacia bromas, se enfadaba y si no lo saludaba por la mañana con obsecuencia, se encolerizaba. El desenlace era predecible.

Cuando aquella mañana me llamó a su oficina, sostenía un papel en la mano y una sonrisa enorme. Se relamía de su poder como un sapo cuando se traga una mosca y, por supuesto, de su capacidad de hacer daño. Nada nuevo bajo el sol.

Hasta aquí  llegamos, dijo con exceso de placer. Estás fuera.

Con esa estúpida sonrisa de quien cree tener poder y mover como marionetas el destino de quienes sólo queremos un trabajo digno, se incorporó y me miró a los ojos. Tal vez esperó que yo me quebrara y como era experimentado en el cinismo, esperó que me largase a llorar como hacían todos. Pero no soy una experta en lágrimas.

-Tú crees que me matas, yo creo que te suicidas, le dije citando a Antonio Porchia.

Para encenderlo todavía más, le aconsejé con irónica amabilidad: Nunca se enfrente a una escritora. Corre el riesgo de permanecer expuesto en un papel y a merced de que reconozcan sus miserias, de por vida.

-¿Escritora? Escritora de muy poco vuelo. Si lo fueras, vociferó  fuera de sí, no serías una insignificante telefonista en una planta de gas butano.

-No le quepa duda, le contesté dándole la razón. Pero al menos sé volar, cosa que los batracios no pueden hacer. E hice un movimiento de adiós con la mano como Peter Pan.

-Hombres de poca monta, murmuré. No saben que en la vida todo tiene un precio.

Como el ser humano siempre tiene oídos para oír, supe por mis ex -compañeros que él había corrido la misma suerte que yo y que otras malas vicisitudes habían acaecido sobre él. Habían salido a la luz muchas de sus malas artes con el dinero y bajó de la cresta de la ola tan pronto como yo conseguí otro trabajo.

Por esas rarezas de la vida, cada vez que me han hecho mucho daño, el mal que me han hecho se ha vuelto en contra de mis detractores. Como un boomerang del mal. Infaliblemente. Yo no creo en las brujas, pero si existiesen, soy una de ellas.

Si por esas casualidades, leyese este texto, su odio por mí cerraría un círculo perfecto.

Recuerdo todavía la tarde que me llamó la atención porque el café tenía poca espuma.

-¿No sabes que me gusta el café con mucha espuma?, preguntó desafiándome.

Yo lo miré y le sonreí. ¿Que tiene poca espuma?. Recuerdo que puse la taza en mis manos y con una aparente y amable sumisión le dije: En un segundo le traeré su café con más  espuma. Con mucha, mucha  tibia espumita.

Imagínense el resto.

 

 

 

 

18 octubre, 2008 Posted by | Uncategorized | , | Deja un comentario

Invitación

El 27 del corriente, a las 11:00hs, en el Shopping Los Gallegos de La Ciudad de Mar del Plata, con acceso libre y gratuito, Esmeralda Longhi Suárez, presentará los libros de cuentos “Buscando a Valentina” y “Donde habitan los buenos”, de la escritora Aurora Olmedo residente en Alicante, España. Participación con lecturas de fragmentos, Patricia Villareal y María Angélica de Zeballos.

 

 

Saluda Atentamente

 

Gabriela Abeal

21 septiembre, 2008 Posted by | Uncategorized | Deja un comentario